miércoles, 14 de junio de 2017

Segunda vuelta electoral: Pensarlo dos veces

Dulce María Sauri Riancho
En medio del ruido mediático de las recientes elecciones en cuatro entidades, se retoma la propuesta de la segunda vuelta electoral como un camino para superar la situación de un Ejecutivo federal electo por menos de un tercio de los votantes. Si gobernar cada vez es más difícil, señalan sus promotores, hacerlo sin la voluntad mayoritaria y con un Congreso dominado por las fuerzas opositoras sólo se traduce en parálisis institucional y fragilidad en el ejercicio de gobierno. El remedio sería que, a semejanza de Francia, hubiera una segunda votación en la que participaran sólo los dos candidatos más votados en la primera. De esta manera se tendría la certeza de que al menos inicialmente el Ejecutivo federal tendría el apoyo de más de la mitad del electorado.

Impecable planteamiento, sí, pero con tres asegunes. Son la oportunidad de la medida; si existe viabilidad para adoptarla y el más importante, si verdaderamente contribuiría a la solución del déficit de legitimidad que parece acompañar ineludiblemente el destino de los gobiernos de minoría.

Tres elementos

Tres elementos que es necesario explorar antes de tomar partido a favor o en contra de la segunda vuelta.

Por ejemplo, si hubiese habido segunda vuelta en 2012, Enrique Peña Nieto por el PRI y Andrés Manuel López Obrador, entonces por el PRD, se hubiesen enfrentado. Es muy probable que el tercer lugar del PAN se hubiese traducido en apoyo al candidato priista. O no. Sin embargo, no se hubiera resuelto el tema de un Congreso dividido entre siete partidos políticos. El Pacto por México fue un esfuerzo inédito de suma política que mostró rápidamente sus límites. Con base en esta experiencia, desde la reforma político-electoral de 2014, la Constitución contempla la figura del “gobierno de coalición”. Es la vía para que el presidente electo pueda conformar un acuerdo de largo alcance con alguna de las fuerzas opositoras, de tal manera que garantice la ejecución de su programa y la actuación eficaz de su administración. En 2018 se podrá aplicar por primera vez, si quien resulte triunfador@ así lo decide. Parecería suficiente para enfrentarse a la incertidumbre de un gobierno dividido.

Sin embargo, esta reforma no resuelve el problema de un presidente electo sólo por un tercio de los votantes, es decir, de una mayoría que se opuso a que llegara a gobernar.

Con la segunda vuelta electoral no sólo se trata de votar dos veces para la Presidencia, sino también de garantizar la gobernabilidad a partir de una mayoría en el legislativo. ¿Daría el sistema electoral, los recursos, la paciencia y la participación del pueblo mexicano para que hubiese cuatro elecciones en un lapso de 45 días? La respuesta sería un rotundo no. Entonces, ¿qué hacer? Caben dos posibilidades. Una, que la elección presidencial de la primera ronda se realice un mes antes. Significaría que el 5 de junio del año próximo emitiéramos nuestro voto y que los dos candidat@s más votad@s fueran a la segunda vuelta el 1 de julio, junto con las elecciones de diputados y senadores, así como los comicios locales concurrentes. Como factor en contra, se puede aducir que los candidatos a legisladores de los dos partidos o coaliciones participantes en la segunda vuelta de la elección presidencial concentrarían la votación, en detrimento de las otras fuerzas políticas.

La alternativa

La alternativa sería hacer un mes después la segunda ronda presidencial. Con esta opción se tendría un presidente con más del 50%, pero no se resolvería la cuestión de un gobierno dividido.

La ley vigente impone “veda” de reformas electorales tres meses antes de que se inicie el proceso. En este caso, la prohibición comienza en junio de este año. Se argumenta que “ya no hay tiempo” para cambios mayores. Pero el Constituyente Permanente está por encima de esta norma. Sí se puede reformar la Constitución y mediante artículos transitorios, dar viabilidad a su aplicación en 2018.

El dinero tampoco sería argumento. El escenario de dos votaciones no implica necesariamente cuantiosas erogaciones adicionales para el proceso electoral. Los candidatos presidenciales tendrían un mes menos de campaña electoral y el ahorro presupuestal podría aplicarse en la primera jornada, la de junio. Serían otros los problemas, por ejemplo, la impugnación de resultados y el desahogo oportuno de los recursos de revisión en menos de 30 días.

Si no es el dinero, si no es el tiempo, ¿dónde está el principal obstáculo para la implantación de una segunda vuelta electoral para la presidencia de la república? Se encuentra en la lectura política de la medida, que se asumiría como concertada contra Andrés Manuel López Obrador.

Yo matizaría esta afirmación, después de los resultados del Estado de México. Más cuando la alianza de las fuerzas de izquierda hacia 2018 parece extraviarse entre intereses y descalificaciones de sus personajes más importantes. En cuanto al PAN, su exigencia de anular la elección en Coahuila puede dar al traste con cualquier intento de lograr la mayoría calificada que requiere esta reforma.

El escenario más probable es que no haya segunda vuelta para la elección presidencial de 2018. Pero ¿si pensamos más allá y se legislara ahora, con aplicación hasta el proceso de 2024?

Habría tiempo para organizarse, para utilizar la opción de gobierno de coalición y probar su eficacia. Y a los ciudadanos, nos darían una segunda oportunidad de pensar nuestro voto y de manifestarnos en consecuencia.— Mérida, Yucatán.


miércoles, 7 de junio de 2017

Espejo a mirar en comicios de 2018. Ecos electorales 2017: Segunda vuelta

Dulce María Sauri Riancho
Culminó la jornada electoral sin contratiempos mayores. Una vez más la ciudadanía estuvo muy por encima de los partidos políticos y de sus gobiernos. Votaron, en algunos casos, en porcentajes de participación inéditos, y definieron ganadores por márgenes estrechos en el Estado de México y Coahuila (en este estado, con un avance del PREP relativamente bajo, 73%), no así en Nayarit donde triunfó el candidato de la coalición PAN-PRD con un porcentaje holgado. No hubo sorpresas por el avance del PAN-PRD en Veracruz, otrora bastión de votos priístas. En la noche del domingo, dirigentes partidistas y candidatos se proclamaban triunfadores, sin más información que sus ardientes deseos y algunas aventuradas encuestas de salida de casilla. En este sentido, nada nuevo bajo el sol electoral. Lo cierto y evidente es que quien se imponga en la elección de gobernador del estado más poblado del país, México, y del norteño Coahuila, lo hará con el voto de menos de una tercera parte de los electores que votaron, pues las otras dos sufragaron por opciones distintas.

Todavía falta un largo postelectoral, donde partidos y candidatos tratarán de hacer valer diversos argumentos jurídicos y legales para lograr la anulación de suficiente número de casillas para revertir el resultado. El PAN adelantó que procederá contra lo que calificó como “elección de Estado” en la gubernatura del Estado de México. Coahuila puede convertirse en bastión de la resistencia opositora contra el triunfo del PRI, que ha unido al PAN, Morena y a un candidato independiente en un frente común.

Las declaraciones de Margarita Zavala, responsabilizando al dirigente nacional de su partido y también precandidato a la presidencia de la república, Ricardo Anaya, del descalabro electoral de Acción Nacional, muestran la gran tensión que se vive en el interior del PAN. Vale recordar el refrán: “del plato a la boca, se cae la sopa”, pues hace un año el PAN y su joven presidente se “comían” el mundo, y aceleraban los relojes políticos en su marcha triunfal a 2018. Estas elecciones los han devuelto a la realidad de contiendas competidas y de la indispensable cohesión interna para enfrentar a sus adversarios políticos. Y tal vez, a vacunarse contra el “síndrome Madrazo”, ese que afectó al PRI en 2005 cuando su presidente nacional decidió abandonar su papel de árbitro del proceso interno y postularse para la candidatura presidencial, sin obstáculo alguno que pudiera impedírselo. El resultado se conoce muy bien: el PRI se fue hasta el tercer lugar en el resultado de las urnas.

Morena recibió asimismo una dosis de realidad. Solos pueden volverse el partido del “ya merito”. Un poco de modestia a la hora de negociar con otras fuerzas de izquierda en el Estado de México le hubiera valido los puntos para hacer la diferencia. Pero los pleitos internos, convenientemente acicateados por quienes sabían del peligro de una coalición con el PRD, lograron descarrilar su propósito de ganar la elección más importante antes de la presidencial. Su dirigente histórico está entrampado entre una estrategia de resistencia civil al más fiel estilo de 2006, o de inaugurar una nueva etapa de utilización de las instancias judiciales para hacer valer sus argumentos de nulidad. Si Morena se decide a luchar en los tribunales electorales, tal vez logre en alianza con el PAN un resultado favorable a sus intereses. O si sus argumentos no dan para revertir el resultado, tendrá la oportunidad de mostrarse ante la ciudadanía del país como una fuerza respetuosa de las instituciones electorales que, con todos sus defectos, nos ha costado tanto construir.

En el PRI, ¡cuidado con las campanas al vuelo! Dos de tres gubernaturas no serían malas cuentas, pero puede ser un espejismo si no se dimensionan adecuadamente: en los estados en los que ganaron, el PRI y sus aliados electorales apenas rebasaron el 30% de la votación. Coahuila sigue en ascuas. En el Estado de México ganó, pero de panzazo. Una revisión de los resultados de la votación muestra que, además del “voto duro”, pudieron captar el “voto útil” de panistas que vieron perdida la causa de su candidata. En Veracruz no logró remontar la crisis que lo llevó a perder la gubernatura. Perdió Nayarit por la máxima diferencia de esta jornada, 12 puntos, con la coalición PAN-PRD. Aun así, el PRI podrá llegar a su asamblea de agosto mucho más tranquilo que si hubiera sido derrotado en este proceso. El proceso interno de postulación de candidat@ a la presidencia de la república es el “salto de la muerte”, sobre todo si se pretende operar a un viejo estilo, que el tiempo se ha encargado de demostrar inoperante.

No es aventurado señalar que el domingo pasado es espejo para mirar el 1 de julio de 2018. Sobre todo en los resultados con diferencias mínimas. Viene entonces la pregunta sobre la pertinencia de la “segunda vuelta” electoral. Hasta hace muy poco la hubiera desechado sin más. No sé si haya tiempo político para discutirla, diseñarla y aplicarla el año próximo. Por ejemplo, si existiera ahora en el Estado de México, en un lapso breve, un mes quizá, Alfredo del Mazo y Delfina Gómez, los dos candidatos más votados, se enfrentarían nuevamente en las urnas. Son dos partidos, dos proyectos políticos y dos visiones distintas y contrastantes. Quizá valga la pena intentarlo para la elección del próximo año. Sobre esta cuestión profundizaré la próxima semana.— Mérida, Yucatán.