miércoles, 27 de diciembre de 2017

Esperanza de vida. Mejor futuro para 2018

Dulce María Sauri Riancho
Mi última colaboración del año en el generoso espacio del Diario de Yucatán. En un abrir y cerrar de ojos las semanas se fueron volando y nos encontramos con la necesidad de realizar el balance que cierra un ciclo caracterizado por sus fuertes turbulencias. Es difícil encontrar algún elemento para perfilar el debate por venir entre la incertidumbre y las certezas de progreso. Elegí un indicador demográfico para intentar ilustrarlo. Es la esperanza de vida al nacer. Vivir más años que nuestros padres y abuelos ahora parece normal. Muy pocas veces pensamos en las razones y las causas del aumento de las expectativas de vida, en las que se mezclan mejores condiciones de salud, alimentación, agua limpia, entre otros. Lo tomamos como algo natural, sin que nos percatemos del enorme esfuerzo de organización social y de la administración pública para alcanzarlo. Veamos la situación actual en México. Por ejemplo, la niña y el niño que nacieron la pasada Nochebuena en esta ciudad tienen la esperanza de vivir al menos 75 años (la niña casi tres años más). Si ellos hubieran venido al mundo ese mismo día pero de 1930, su expectativa de vida hubiera sido sólo de 34 años. En esa década, cuando nacieron nuestros padres y abuelos, numerosas mujeres morían al dar a luz; los infantes eran presa de epidemias de difteria, tosferina y tétanos; la poliomielitis atacaba sin piedad y aún no había sido descubierta la penicilina para tratar infecciones. La desnutrición estaba presente en la mayoría de los hogares y la inexistencia de sistemas de agua potable cobraba anualmente una elevada cuota de víctimas de enfermedades hídricas, principalmente entre los menores. Cuando yo nací, hace 66 años, tenía la esperanza de vivir apenas 48. Para que yo alcanzara mi edad actual, en algunas partes de México y de Yucatán miles de niños murieron víctimas todavía de la falta de condiciones de salud. Sin embargo, cuando mi hija nació a mediados de la década de 1970, ella y los de su generación ya tenían la expectativa de vivir hasta los 63 años. Mis cinco nietas y un nieto, “generación Z”, así les llaman, tienen la posibilidad de llegar a más de 78 años. Las explicaciones para este dramático incremento de los años por vivir están en los extensos programas de vacunación, en la mejora de los servicios de atención médica y en una política social dedicada a atender las necesidades de los más vulnerables. Tal parece que México se dirige a alcanzar las expectativas de vida de los países desarrollados, entre los cuales Japón ocupa el primer lugar, con más de 80 años en promedio. Por cierto, de acuerdo con los datos de 2016, Yucatán se encuentra por arriba del promedio nacional por más de cuatro meses (75.6 años vs 75.2 años, respectivamente). Tal parece que todo tiende ineludiblemente al avance, tal vez con mayor lentitud que antes, pero nunca para atrás.

Malas noticias. Sí es posible retroceder, de hecho está sucediendo ni más ni menos que en los Estados Unidos. En este país vecino, por tercera ocasión desde 2015, la esperanza de vida de su población está disminuyendo. Sus autoridades lo atribuyen al aumento del consumo de drogas entre su población joven, entre las cuales destacan los nuevos productos sintéticos, letales en su mayoría. Rusia fue otra potencia que registró severos retrocesos en esta materia.

Al colapsarse la Unión Soviética también se cayeron sus servicios de salud, incluyendo vacunación. Veinticinco años después, aún no recuperan las cifras anteriores a 1991.

Vienen meses de campaña electoral, de promesas y compromisos de candidatos y partidos. Responder a la pregunta sobre cómo se proponen mantener e incrementar la esperanza de vida de la población no puede limitarse a las urgidas estrategias de prevención y atención a la salud. Trasciende hasta las políticas de desarrollo social, de iguales oportunidades para mujeres y hombres, del cese de la violencia que cobra crecientes cuotas de vidas jóvenes en varios estados del país. Tiene que ver con la garantía de acceso a la alimentación; a gozar de seguridad social en la vejez. Ningún presidente de la república ni gobernador de una entidad federativa puede presumir logros de su administración si retrocede la expectativa de vida de sus ciudadanos. No hay calificación mejor que el incremento anual de esperanza de vida, así sea solamente de pocos meses.


Nos asomamos a 2018 con miedo y esperanza. Por primera vez, tememos que el futuro no nos traiga inevitablemente “tiempos mejores”. Las amenazas del retroceso se ciernen sobre nuestras expectativas en la política, en la economía, en la organización social. Contaminación ambiental; violencia desatada en distintas partes del mundo y de nuestro país; guerras económicas y proteccionismo; violación a los derechos humanos fundamentales, son algunas de las preocupaciones que en distinto grado, acompañan la pérdida de las certezas que mantuvimos a lo largo de casi dos centurias. En su nombre, la esperanza de vida nos da alientos para esperar lo mejor. Ya habrá oportunidad de abordar los proyectos políticos que se confrontarán en las campañas de los meses por venir. Uno de futuro, con sus retos y expectativas. Otro, fincado en la memoria de un pasado al que es imposible e indeseable retornar. Pero hoy, en el presente, celebremos la vida que nos permite decir adiós a 2017.— Mérida, Yucatán

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Natural y previsible. Campañas de los Mau-Mau

Dulce María Sauri Riancho
“Natural” y “previsible” son dos adjetivos que propongo como guía para diseccionar la postulación de los candidatos a gobernador del PRI y del PAN. Nunca como ahora comenzó tan tempranamente la carrera partidista por el palacio de la 61. En las dos principales organizaciones políticas de Yucatán, después de julio de 2015 funcionarios recién nombrados y legisladores dieron inicio a una frenética actividad, bajo el manto del cumplimiento de sus responsabilidades de gobierno y de trabajo legislativo. Por el PAN, al alcalde de Mérida se sumaron pronto los diputados federales y senadores de ese partido, además de su rehabilitado expresidente municipal, que pudo resistir los obuses internos que le lanzaron por el asunto de las luminarias. En el caso del PRI, los secretarios de Educación, Gobierno y Desarrollo Social compartieron reflectores con el delegado de la Semarnat y cuatro diputados federales yucatecos, todos ellos bajo la conducción política del gobernador Zapata Bello. La época de las definiciones los alcanzó en la tercera semana de Adviento. Primero fue el PRI, el jueves, y después, apenas el domingo pasado, el PAN. Se trata exclusivamente de los aspirantes a la candidatura de gobernador. A partir de esa “revelación” vendrán en las próximas semanas las otras candidaturas: senadores, diputados federales, locales y ayuntamientos en los municipios más poblados de Yucatán.

Después de la presidencia de la república, la gubernatura es la incógnita más intrigante de despejar para los ciudadanos yucatecos interesados en la política. Se da por sentado que todo lo demás girará en torno suyo. PRI y PAN optaron por el acuerdo. El PAN yucateco, otrora orgulloso de su activa vida interna, aceptó que fuera un reducido grupo de “líderes políticos” (senadora Rosa Adriana Díaz Lizama, Diario de Yucatán, p. 3, sección Local, lunes 18 de diciembre) el que tomara la trascendental decisión. Por su parte, el PRI abrió un intrincado proceso de negociación entre aspirantes que, por lo que trascendió a los medios de comunicación, no estuvo exento de tensiones y raspones, aun cuando en fotografías y vídeos imperaron las caras amables. En la recta final, el partido gobernante dio intransmisible a ocho interesados, en tanto que el PAN lo hizo con cinco.

Jorge Carlos Ramírez Marín (JCRM) se presentaba como el candidato natural del PRI. Político forjado localmente, con una larga trayectoria partidista y legislativa, había conocido la derrota y había sabido continuar hacia adelante. Siempre de buen talante, hábil negociador y excelente orador, parecía que el presidente del Congreso de la Unión iba en caballo de hacienda hacia la ansiada candidatura. Decían los conocedores de los vericuetos del PRI, que sólo una encomienda presidencial o del precandidato Meade podrían apartarlo de su propósito de gobernar Yucatán.

Era previsible, señalaban los expertos, que la candidatura recayera en quien aparecía como el más competitivo. “Natural y previsible”, así se percibía su postulación de JCRM apenas el miércoles. Pero el jueves todo cambió. Confieso a l@s lector@s que, a una semana de distancia, no logro entender qué situaciones o qué razones pudieron orillar al PRI a seguir un camino distinto al que parecía más accesible y seguro. El hecho es que, sorpresivamente, Mauricio Sahuí Rivero emergió como el aspirante de consenso para obtener la candidatura a gobernador por el PRI. La trayectoria del funcionario de 41 años está sólidamente relacionada con la del gobernador Zapata Bello. Baste recordar que con apenas 24 años, en el año 2000, fue el coordinador general de la fallida campaña a diputado federal del actual mandatario. Mauricio Sahuí ganó un distrito local de Mérida, el VII, en 2010, y en 2012, el III distrito federal, feudo del PAN que precisamente el actual gobernador se encargó de romper en 2009. Dio resultados como secretario de Desarrollo Social en los programas de combate a la pobreza, justamente cuando José Antonio Meade era el titular federal. Acción Nacional puede equivocarse seriamente si olvida la estructura electoral que mantiene el PRI, bien aceitada, o si menosprecia la experiencia y habilidad de Sahuí para ganar elecciones.

En cambio, el PAN optó por el aspirante “natural y previsible”: Mauricio Vila. El alcalde de Mérida se mantuvo siempre adelante en las preferencias panistas. Una vez desvelada la candidatura priista, quedó despejado el camino para buscar “la grande”, a cambio de dejar vacante la presidencia municipal. Las sonrisas de las fotografías en los periódicos del lunes pasado presagian un acuerdo que abra paso al triunfo de Vila y, de encima, al retorno de Renán al palacio de la 62. Otras piezas panistas, entre ellas la fórmula al Senado, tendrán que ser acomodadas para que el conjunto azul avance como equipo en la próxima contienda. Mal haría el PRI si pretende ignorar la penetración del aspirante panista más allá de las fronteras meridanas.
Imagen: poderycritica.com 

Dicen que los ganadores de una elección son quienes cometen la menor cantidad de errores. Los perfiles de los Mauricios, Sahuí y Vila, auguran una campaña fincada en el debate y en las propuestas. Compartir nombre es un buen comienzo. Si tomamos sus primeras tres letras, tendremos a los Mau Mau, que fue una organización tribal de guerreros bravos y cohesionados, que obtuvieron la libertad para su pueblo, Kenia, tras años de luchar contra el imperio británico. Ojalá que los mau-mau yucatecos reivindiquen la política de altura y compitan entre sí poniendo por delante los intereses de quienes vivimos en esta tierra.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Debates en campaña. Agitar el avispero

Dulce María Sauri Riancho
¡Menudo alboroto armó López Obrador con su propuesta de “amnistiar” a los capos del narco! Si bien se trata de un planteamiento polémico, considero que debe analizarse; no puede ser desestimado sin mayor reflexión, tildado de disparate. Menos aún, cuando proviene del precandidato a la presidencia de la república que continúa encabezando las encuestas electorales.

Dos cuestiones podemos extraer de este episodio que, por sus posibles repercusiones, me gustaría comentar con ustedes, amig@s lector@s. Una tiene que ver con la forma y los procedimientos a seguir en las campañas políticas que tenemos por delante. En la segunda atenderé el fondo de la iniciativa lópez-obradorista y su posibilidad para convertirse en alternativa real de solución al grave problema de inseguridad y violencia que azota al país en su conjunto.

La forma. Hemos señalado en numerosas ocasiones que la ciudadanía está harta de diagnósticos y promesas de qué hacer, sin que ninguno de los candidatos arriesgue el “cómo”, es decir, la forma concreta de enfrentar el problema y aplicar la solución. Las y los demagogos se ocultan tras una enorme cantidad de promesas, en muchos casos a sabiendas que les será imposible cumplirlas. “Resolveré Chiapas en 15 minutos”; “Creceremos al 6% anual”, son algunas de las “perlas” sembradas en campañas anteriores, en tanto que en la edición 2018 escucharemos hasta la saciedad que basta con el arribo de alguno de los candidatos a la silla presidencial para que ipso facto se elimine la corrupción que asuela a la economía y la política del país. Por eso resulta relevante que en el tema de la inseguridad López Obrador hubiera adelantado una respuesta al “cómo” pretende enfrentarla. Si en lugar de “batearla” los otros candidatos se avocaran a discutirla, le inyectarían al proceso electoral un contenido que, hasta el día de hoy, las campañas anteriores no han tenido.

El fondo. Andrés Manuel López Obrador propuso una amnistía para integrantes del crimen organizado y narcotraficantes, porque —dijo— “ya no queremos la guerra, queremos la paz en el país”. A diferencia del indulto, que es un perdón ante las faltas o delitos cometidos y procesados, la amnistía quiere decir “olvido”, borrón y cuenta nueva, como si nunca se hubiera transgredido la ley, aún en sus manifestaciones más violentas. La relevancia de la amnistía es tal, que sólo mediante un decreto del Congreso de la Unión es posible concederla, a diferencia del indulto, que es una potestad del Ejecutivo federal o estatal. En México hubo una amnistía en 1978 que benefició a cientos de jóvenes recluidos en diversas cárceles del país por haberse involucrado en diversos delitos violentos, incluyendo robo, asalto y homicidio, en su intento de cambiar al régimen. ¿Por qué entonces funcionó la amnistía y surtió efecto el “olvido” institucional ante los delitos cometidos? En primer término, porque previamente hubo una reforma política, en 1977, que eliminó las razones para actuar en la clandestinidad al abrir las puertas de la participación política a las fuerzas de izquierda. Esta reforma se debió al talento y oficio político de Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación del gabinete de José López Portillo. El Partido Comunista Mexicano, por ejemplo, recuperó su registro, perdido desde principios de la década de 1940. También de izquierda, se fundaron el PT, el PMT, el PST y de derecha, el PDM. Se consagró por primera vez la representación proporcional, para asegurar la presencia de las minorías en los congresos. Desde el gobierno se inició el largo camino hacia la ciudadanización de los órganos electorales. Los jóvenes recién liberados de las cárceles pudieron canalizar sus energías hacia los nuevos espacios abiertos por esta reforma. La causa fundamental que los impulsó a tomar las armas había desaparecido. Fueron éstas las condiciones que prevalecían cuando el Congreso de la Unión expidió la Ley de Amnistía: primero se pusieron las bases para resolver las causas y después, se planteó el olvido.

En cambio, la propuesta de López Obrador presupone que, al ser amnistiados, los narcotraficantes y agentes del crimen organizado abandonarán su ilícita actividad, entregarán sus armas y se dedicarán a una actividad legal. No sería así, mientras las causas de la producción y tráfico de drogas y enervantes sigan presentes, en la medida que el incentivo de surtir un mercado —nacional, extranjero— se mantenga. Un “olvido” de esta naturaleza estaría muy lejos de resolver el problema de la violencia; por el contrario, sería como echar gasolina al fuego. Entonces, si este no es el camino, ¿cuál será? Los candidatos presidenciales tienen que ensayar una respuesta viable, que convenza al electorado de su pertinencia y posibilidad de ayudar a resolver el grave problema de inseguridad. En este y en otros temas, no hay soluciones mágicas, lo sabemos.


Hay asuntos de interés público en que tendremos que exigir a los protagonistas de la próxima campaña que “den color”. La corrupción, las pensiones, el crecimiento económico, entre otras cuestiones que demandan mucho más que generalidades. Sólo así serían de utilidad los tres debates presidenciales que el INE se propone organizar, el último de ellos en Mérida. Podremos normar criterio, conocer la seriedad de sus compromisos, calar si saben qué tienen por delante ellos… y también nosotros. López Obrador agitó el avispero de la discusión en un tema muy sensible y difícil. También tenemos que destapar las ideas y las propuestas, no sólo quitarles el capuchón a los candidatos. Aunque les piquen las avispas.— Mérida, Yucatán

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Hacia 2018. Elecciones y encuestas

Dulce María Sauri Riancho
La realidad política hace años que no se refleja en el espejo de las encuestas electorales. En forma consistente, una y otra vez han fallado en sus pronósticos. Sus naufragios más notables ocurrieron hace poco más de un año, con el Brexit y el triunfo de Donald Trump. En nuestro país, este año no lograron capturar el triunfo de la coalición encabezada por el PRI en Coahuila y en el Estado de México. Aun así, cierto halo mágico continúa rodeando a los ejercicios demoscópicos que buscan indagar en las preferencias políticas de la ciudadanía.

Las encuestas han adquirido un nuevo protagonismo en el proceso electoral de 2018, entre los partidos políticos y en la opinión pública. Morena, partido debutante en la elección presidencial, las ha utilizado para definir candidaturas, como en Ciudad de México. El Frente Ciudadano pretende emplearlas para seleccionar a su candidato a la Presidencia de la República. En numerosos municipios los partidos, incluyendo el PRI, han acudido a ellas para ayudarse a resolver sobre sus abanderados. Para la opinión pública, ávida de certezas, las encuestas son una forma de moldear criterios sobre los contendientes y la capacidad de los partidos para ganar elecciones. Su importancia es tal en las elecciones, que las leyes y el Instituto Nacional Electoral (INE) norman sus alcances, incluyendo los plazos para difundir sus resultados.
 
Las encuestas, bien realizadas, son espejos que matizan y a la vez transforman la realidad que pretenden reflejar. Con estas consideraciones, decidí comentar sobre los resultados de dos encuestas cuyos resultados están siendo analizados en redes sociales. La primera fue elaborada por el equipo de investigación del periódico “Reforma” y dada a conocer en su edición del 30 de noviembre pasado. La segunda corresponde a la empresa Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) (www.gabinete.mx), presentada apenas el lunes pasado. Por hábito y disciplina, acostumbro leer la letra chiquita de casi todo, especialmente de las encuestas. Esto incluye el tamaño de la muestra (a cuántas personas se les preguntó), si se hizo el levantamiento en la calle, por teléfono (fijo, no celular), por internet o en los hogares; cuándo se aplicó el cuestionario, entre otros datos que permiten normar mi criterio sobre la información presentada.

“Pelean Anaya y Meade por el segundo lugar”, dice “Reforma”. No se necesita mucho conocimiento de la política para deducir que el primer sitio está ocupado por el virtual candidato de Morena, con el 31% de las preferencias, en tanto que los dos primeros solo obtuvieron 19% y 17% respectivamente. ¡Menudo balde de agua fría para el PRI, en pleno proceso de postulación de su precandidato! Alegría desbocada para sus adversarios, que presumen la inminencia de su triunfo. Resulta que los datos de la encuesta de “Reforma” fueron obtenidos en 1,200 entrevistas realizadas en hogares, pero la levantaron antes de que José Antonio Meade se separara de su cargo en Hacienda para registrarse como aspirante externo del PRI. Tan solo López Obrador estaba claramente definido cuando se inquirió sobre las preferencias, lo cual representa una limitación en cuanto al alcance de sus conclusiones. Por su parte, GCE obtuvo sus datos de 600 entrevistas realizadas telefónicamente los días 27 de noviembre y 4 de diciembre. En ambas fechas aparece punteando López Obrador, seguido de José Antonio Meade y, muy atrás, aspirantes del PAN y PRD, incluyendo el jefe de gobierno de Ciudad de México. Pero, amig@s lector@s: lo más interesante proviene de la respuesta sobre el conocimiento de los encuestados sobre los distintos aspirantes. “Reforma” y GCE coinciden que el candidato de Morena es el más conocido: 87% y 95% respectivamente, aunque también concentra el porcentaje mayor de opiniones negativas sobre su persona (33% y 38.5%). No son buenas noticias para López Obrador, a pesar de puntear en las preferencias electorales. Significa que, aunque conocido, siete de cada 10 mexicanos no respaldan su proyecto y casi cuatro de 10 lo rechazan activamente. En cambio, José Antonio Meade solo es conocido por el 30%, según “Reforma”, y poco menos del 70%, de acuerdo con GCE. Quiere decir que Meade tendrá la oportunidad de darse a conocer y convencer a un amplio grupo de elector@s, con su característica de no militante del partido que lo postula.

Otro dato importante que trae la letra chiquita. “Reforma” da cuenta de la denominada “tasa de rechazo”, que asciende para esta encuesta al 28%. Significa que tres de cada 10 personas a quienes se les solicitó responder el cuestionario le dieron con la puerta en la nariz al encuestador. Simplemente se rehusaron a dejarlos entrar.

GCE no informa del número de llamadas telefónicas fallidas antes de lograr las 600 respuestas, aunque presumo que fueron numerosas las “colgadas” de bocina. Si le sumamos la tasa de “no respuesta” o “no sé” (alrededor del 13% en ambos casos), dimensionaremos mejor los alcances de estas preferencias y de otras que se presentarán en las semanas por venir.


A lo que voy, amig@s lector@s, es que no hay nada para nadie al iniciar estos siete meses electorales. Ni el PRI está condenado irremisiblemente a la derrota, ni Morena y su candidato están predestinados a llegar a Los Pinos. Falta conocer qué harán el PAN y el PRD, si habrá “frente ciudadano” integrado por partidos políticos: ¡vaya paradoja!; faltan los independientes. Mucha agua habrá de correr, numerosas encuestas buscarán incidir en nuestra decisión de voto. Por eso habremos de aprender a leerlas y a interpretarlas.— Mérida, Yucatán.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Carambola electoral. Partidos y coaliciones

Dulce María Sauri Riancho
Carambola a tres bandas, así parece jugarse la política en estos días. Una bola roja y dos blancas. La bola del jugador en turno debe tocar una de las bolas, ya sea la roja o la blanca del contrario, y tres bandas, antes de que toque la esfera restante. Suena tan complicado como las determinaciones que están asumiendo los partidos para aprestarse a la competencia electoral del 1 de julio.

Subrayo las fechas próximas. El 14 de diciembre los partidos iniciarán sus precampañas y las coaliciones tendrán que solicitar su registro. Si los partidos inscriben una precandidatura única ante el INE, no podrán hacer uso de los spots de radio y televisión con el nombre y rostro de quien será su abanderad@, aunque el partido político podrá usar sus tiempos en los medios electrónicos para lo que se conoce como “mensajes genéricos”. El 11 de febrero, día de la Virgen de Lourdes, concluirán las actividades de ese primer tramo de proselitismo interno. Con sólo un paréntesis, para que los postulados rindan protesta, entrarán todos ellos en un periodo de silencio que se deberá de prolongar hasta el 30 de marzo. Ese día, Viernes Santo, darán inicio formal las campañas de proselitismo, que se prolongarán tres meses, hasta el 27 de junio.

Primera banda: candidatura presidencial. Hagamos un breve repaso a los procesos partidistas. Por Morena, Andrés Manuel López Obrador ya ha anunciado su inscripción como precandidato el 12 de diciembre, día consagrado a la Virgen de Guadalupe. No sé cómo procesará la mayoría católica el intento de capitalizar políticamente esa fecha tan significativa. Tal vez Morena decida inscribir un “sparring” para simular una competencia interna. De esa forma, AMLO podría utilizar sin restricción alguna los tiempos de radio y televisión que le corresponden a su partido, como lo ha hecho en los últimos seis años.

El PRI emitió su convocatoria el pasado 23 de noviembre. En la Asamblea de agosto pasado se definió abrir las candidaturas priístas a la presidencia de la república no sólo a los militantes, sino también a los simpatizantes. Antes del jueves 30, el ciudadano que quiera participar por esta vía, tendrá que pedir la autorización de la Comisión Política Permanente del partido. De esta manera quedará en condiciones de inscribirse, mientras que los militantes interesados tendrán de plazo para el registro hasta el próximo domingo. La mazorca priísta ya comenzó a desgranarse, pues uno de los más serios aspirantes, José Antonio Meade, simpatizante ciudadano, el lunes se separó de su cargo de secretario de Hacienda para inscribirse.

Segunda banda: alianzas e independientes. En el Frente Ciudadano, conformado por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, todavía no le encuentran la cuadratura al círculo. Lograron registrar su “acta de intención matrimonial” ante el INE; incluso, en días pasados dieron a conocer su propuesta de programa conjunto. Pero han topado con pared cuando se trata de la definición de su candidato presidencial. El PAN considera que la candidatura le corresponde, por ser la mayor fuerza electoral de las tres. Y nadie mejor –según ellos- que Ricardo Anaya, su presidente. El PRD no está de acuerdo, en especial su principal activo, el jefe de gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, quien ha señalado que si no se garantizan condiciones equitativas para la definición, no participará. No es la única amenaza que se cierne sobre esta coalición electoral. En Jalisco, principal bastión de Movimiento Ciudadano, su estrella, el alcalde de Guadalajara “ya pintó su raya”, al señalar que irá solo en la búsqueda de la gubernatura. En Yucatán y Morelos, ambas entidades con elección de gobernador, también hace agua el Frente. En nuestra tierra, porque el PRD local se niega a desdibujarse frente a un PAN que en otras ocasiones, como en 2001, les ofreció todo, pero llegado al gobierno, “si te vi, no me acuerdo”. En Morelos, los panistas no quieren apoyar al aspirante perredista, hijastro del gobernador, por considerarlo pésimo candidato. ¿Sobrevivirá el Frente? Antes del 14 de diciembre deben inscribir formalmente su convenio de coalición, que incluye el método que aplicarán para la selección de su candidato presidencial. Si no lo logran, irán por separado a la contienda.

Falta todavía observar las determinaciones de los partidos electoralmente más pequeños, respecto a las alianzas con otras fuerzas políticas. En tanto, los candidatos independientes de los tradicionales partidos políticos, continúan su labor de recolección de firmas de apoyo. Cuántos y quiénes lograrán culminar la colosal tarea, está por verse. Seguro sobrarán los dedos de una mano para contarlos.

Tercera banda. En el xtokoy-solar también se dan jugadas de carambola. El “destape” de Cecilia Patrón, arropada por funcionarios panistas del actual Ayuntamiento, deja ver que Mauricio Vila no irá por la reelección, sino que será candidato del PAN al gobierno del Estado. La silla de Mérida quedará vacante. Siendo la joya de la corona panista habrá sin duda una intensa disputa por ella; no bastará la simpatía del presidente municipal saliente para lograr la ansiada candidatura. Otros actores políticos del PAN se aprestan a defender lo que consideran “su” territorio. Mientras, el PRI sigue velando sus armas; en los próximos días, quizá horas, saldrá su convocatoria para el registro de aspirantes a gobernador, una vez que haya quedado definida la precandidatura presidencial. Con la salida de Vila se le abre al PRI una gran oportunidad en Mérida. En 2015 ganó las dos diputaciones federales y la mayoría de los distritos locales. Un buen precedente para lo que viene. Ojalá que así se entienda y se sepa aprovechar, a pesar de que el fantasma de 2010 aún ronda las urnas de la capital.


Carambola política jugada con más de tres bolas. Pueden rebotar en la banda del Congreso de la Unión, si su presidente emprende viaje hacia la candidatura a gobernador de Yucatán. Puede proyectarse sobre la Secretaría de Educación Pública, si su aguerrido secretario se va, como se rumora, a coordinar la campaña presidencial del PRI. Puede extenderse a la ciudad de México, si el jefe de gobierno se separa de su cargo para ser candidato del PRD. Y si José Antonio Meade es candidato del PRI a la presidencia de la república sin ser militante del partido, será el más ciudadano de todos los que hasta ahora se han presentado. Suena bien.